La generación que tiene miles de seguidores y nadie a quien llamar cuando llora
"Tener miles de seguidores en redes sociales, pero a nadie a quien llamar en los momentos de tristeza."

Oscar Mauricio Granados
El Humanista Riguroso

— Opinión - Mauricio Granados (2)
El teléfono vibra desde temprano, alguien comentó una fotografía, otra persona reaccionó a una historia, llegaron nuevos seguidores, hay invitaciones, mensajes pendientes y hasta un video que, sin entender muy bien por qué, empezó a recorrer pantallas desconocidas, el día apenas comienza y ya pareciera que el mundo entero supiera que existimos.
Horas después todo cambia, basta una mala noticia, una discusión inesperada o una tristeza que llega sin hacer ruido para descubrir que el silencio también tiene cobertura, entonces aparece una pregunta incómoda, una de esas que ningún algoritmo responde, ¿a quién llamo?
No para pedir un favor, no para hablar de trabajo, tampoco para llenar un rato de ocio, simplemente para escuchar una voz que no tenga prisa por colgar, una voz que no pregunte por curiosidad sino por afecto.
Ahí empiezan las cuentas de verdad.
Las otras son fáciles, aparecen en una pantalla y cambian todos los días, estas, en cambio, casi nunca aumentan, incluso con los años suelen disminuir, porque las personas que realmente conocen nuestras derrotas caben, por fortuna o por desgracia, en muy pocos nombres.
Vivimos obsesionados con no desaparecer, sentimos la necesidad de mostrar que estuvimos en algún lugar, que probamos cierto café, que vimos determinado paisaje, que celebramos un cumpleaños o que compramos algo nuevo, como si guardar silencio durante unos días fuera la prueba de que dejamos de existir.
Sin darnos cuenta comenzamos a coleccionar miradas en lugar de relaciones, confundimos audiencia con compañía, popularidad con cercanía, presencia con afecto, nadie nos explicó que esas palabras podían parecerse tanto y significar cosas completamente distintas.
Quizá por eso resulta tan extraño descubrir que hay personas capaces de contarle su vida diaria a miles de desconocidos y, al mismo tiempo, sentirse completamente solas cuando la vida deja de sonreírles, porque una reacción dura apenas un instante, mientras que una conversación sincera puede sostener a alguien durante años.
Las redes sociales no son las culpables, sería demasiado cómodo responsabilizarlas de todo, ellas solo hicieron visible una necesidad que siempre estuvo ahí, la necesidad de sentirnos importantes para alguien, de saber que nuestra ausencia sería notada, de tener la certeza de que, si un día el mundo se nos viene encima, habrá una puerta que podamos tocar sin sentir que estamos molestando.
Tal vez la verdadera riqueza nunca estuvo en la cifra que aparece debajo de una fotografía, sino en esas pocas personas que conocen nuestra versión menos admirable y aun así deciden quedarse, porque cuando la pantalla se apaga, cuando ya no hay filtros, música ni aplausos digitales, solo ellas siguen haciendo lo único que ninguna aplicación ha conseguido reemplazar, estar.





















