Nosotros también fuimos ridículos, pero no por eso todo da igual
"La gran diferencia no es que fueramos mas sensatos, es que nuestras ridiculeces no quedaban grabadas para siempre en una pantalla."

Oscar Mauricio Granados
El Humanista Riguroso

— Opinión - Mauricio Granados (3)
Hay una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia: un adulto observa a un joven frente al celular, haciendo movimientos que no entiende, hablando de farmear aura , imitando alguna tendencia que probablemente desaparecerá antes de que terminemos de comprenderla o identificándose con prácticas que, hace unos años, habrían parecido propias de una película extraña. Y entonces llega la pregunta, casi inevitable: ¿qué está pasando con los jóvenes?
La respuesta fácil sería decir que siempre ha sido así, que cada generación ha tenido sus rarezas y que nosotros tampoco fuimos precisamente un ejemplo de sobriedad. Y es verdad: fuimos jóvenes con pantalones imposibles, peinados que hoy preferiríamos negar, canciones que nuestros padres consideraron ruido y maneras de vestir que, vistas con la distancia de los años, deberían estar acompañadas de una disculpa pública. También nos reunimos a bailar, imitamos artistas, practicamos pasos frente al espejo y defendíamos con absoluta seriedad cosas que ahora nos causan una vergüenza que solo se supera fingir que nunca ocurrieron.
Pero reconocer todo eso no significa que todas las modas sean iguales ni que debamos aceptar cualquier fenómeno contemporáneo bajo la cómoda excusa de que los adultos siempre han criticado a los jóvenes, porque una cosa es mirar el pasado con humildad y otra muy distinta renunciar al pensamiento crítico para no parecer anticuado.
Nosotros también hicimos el ridículo, claro que sí, pero no por eso todo da igual.
Recuerdo las batallas de baile, aquellos encuentros donde alguien apareció con un paso nuevo y, de inmediato, los demás intentaban aprenderlo. Estaban los que bailaban bien y los que estaban convencidos de que bailaban bien, que es una categoría mucho más amplia y peligrosa. También estaban quienes imitaban a Michael Jackson, a los grupos de moda y a los cantantes que aparecían en televisión. Y, aunque seguramente nuestros padres se preguntaban qué demonios estábamos haciendo, había algo profundamente humano en todo aquello: uno se reunía con otros, compartía un espacio, aprendía, competía, se equivocaba y, después de todo, regresaba a casa.
La diferencia es que hoy muchas de esas experiencias ya no terminan cuando se acaba la tarde. Ahora existe una cámara esperando, una audiencia invisible, una plataforma que puede convertir cualquier gesto en tendencia y una necesidad creciente de demostrar que se está viviendo algo digno de ser visto. Ya no siempre basta con bailar, hay que grabarlo; no basta con hacer algo diferente, hay que convertirlo en contenido; no basta con ser, también parece necesario producir una versión de uno mismo que pueda circular, recibir aprobación y, si hay suerte, hacerse viral.
Y, en medio de ese escenario, aparecen palabras que para muchos adultos suenan como si alguien hubiera cambiado el idioma sin avisar. Farmear aura , por ejemplo: esa idea de acumular una especie de prestigio simbólico a través de la actitud, los gestos, la apariencia o la capacidad de protagonizar el momento perfecto, como si la presencia humana pudiera convertirse en un marcador que sube o baja según la reacción de los demás.
Tal vez alguien diga que nosotros también buscábamos reconocimiento y, nuevamente, tendrá razón. Siempre hemos querido ser vistos, admirados y aceptados. La diferencia está en que antes uno podía ser el mejor bailarín del barrio y disfrutar de esa pequeña gloria hasta el lunes siguiente, mientras que ahora la lógica de la visibilidad parece no tener descanso, porque siempre hay alguien mirando, calificando, comentando y esperando el siguiente momento.
Lo mismo ocurre con fenómenos que generan desconcierto y discusión, como el de los therians , frente a los cuales no comparto la idea de que toda postura crítica sea necesariamente una muestra de intolerancia o incomprensión. Es posible respetar a las personas sin renunciar a las preguntas, sin aplaudir automáticamente cada práctica y sin aceptar que el simple hecho de que algo sea nuevo nos obliga a considerarlo correcto, saludable o conveniente.
La imparcialidad no consiste en quedarse sin opinión; consiste en intentar mirar con honestidad, reconocer los argumentos del otro y, aun así, conservar el derecho a pensar distinto.
Porque ese es, quizás, uno de los problemas de nuestro tiempo: hemos comenzado a confundir el respeto con la obligación de aprobarlo todo, como si cuestionar una tendencia equivaliera automáticamente a atacar a quienes participan en ella. Y no debería ser así. Una sociedad madura tendría que poder conversar sobre sus nuevas prácticas sin burlarse de ellas, pero también sin blindarlas de cualquier cuestionamiento.
Después de todo, no todo lo nuevo representa una evolución.
Hubo modas que llegaron para ampliar la manera en que entendíamos el mundo, para romper prejuicios y abrir espacios que antes permanecían cerrados. Pero también existen tendencias que merecen ser observadas con cuidado, especialmente cuando la identidad comienza a construirse bajo la presión constante de una pantalla, cuando la necesidad de pertenecer se transforma en una carrera por llamar la atención y cuando los jóvenes descubren que, en internet, incluso ser diferente puede convertirse rápidamente en una fórmula para conseguir seguidores.
Quizás la gran diferencia entre nosotros y ellos no esté en que una generación haya sido más sensata que la otra, porque sería bastante ingenuo pensar que nosotros fuimos la última generación razonable sobre la Tierra. La diferencia está en el escenario que les tocó habitar: nosotros tuvimos modas; ellos tienen algoritmos fabricándolas todos los días.
Y eso merece una conversación más seria que el simple «en mis tiempos todo era mejor», porque no, no todo era mejor. También cosas hicimos absurdas, también seguimos tendencias sin preguntarnos demasiado y también creímos que algunas tonterías eran asuntos de vida o muerte. Pero nuestras ridiculeces tenían una ventaja que hoy parece casi un privilegio: muchas de ellas desaparecieron cuando terminaba la tarde y nadie tenía una grabación en alta definición para recordárnoslas diez años después.
Tal vez por eso conviene mirar a los jóvenes con menos superioridad y con más atención; no para celebrar automáticamente todo lo que hacen, pero tampoco para condenarlo todo desde la comodidad de la nostalgia. Entender no significa aprobar y cuestionar no significa despreciar.
Nosotros también fuimos raros, también fuimos ridículos y probablemente dejamos preocupados a más de un adulto. Pero reconocerlo no nos obliga a concluir que todas las rarezas son iguales ni que toda tendencia merece ser defendida simplemente porque pertenece a una generación nueva.
Los jóvenes tienen derecho a inventar sus propios códigos, a equivocarse, a buscar su lugar y hasta a hacer el ridículo, como lo hicimos nosotros. Pero también nosotros tenemos derecho y, quizás, la responsabilidad de preguntarnos qué está ocurriendo cuando la identidad empieza a depender demasiado de la mirada ajena, cuando la popularidad se convierte en una forma de medir el valor personal y cuando una generación entera parece crecer frente a una cámara que nunca se apaga.
Porque nosotros también fuimos ridículos, sí, pero no por eso todo da igual.





















