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El peligro de creer que todo está ganado

"La trampa del progreso: el peligro de creer que la libertad es eterna"

Barbara Campo

Barbara Campo

La Analista Crítica

El peligro de creer que todo está ganado

Opinión - Barbara Campo (1)

Durante mucho tiempo creímos que la historia solo sabía avanzar. Que cada generación viviría con más libertades que la anterior. Que el voto femenino, el acceso a la educación, la posibilidad de decidir sobre nuestras vidas y participar en la construcción de la sociedad eran conquistas irreversibles.

Pero la historia nunca hizo esa promesa.

Hoy basta con mirar el mundo.

En Afganistán, millones de mujeres han sido privadas del derecho a estudiar, trabajar y participar plenamente en la vida pública. Mientras tanto, en distintas partes del mundo resurgen discursos que cuestionan derechos que parecían innegociables.

Algunos son propuestas políticas; otros nacen en redes sociales y encuentran eco en quienes creen que la igualdad ha ido demasiado lejos.

Nos recuerdan que los derechos pueden debilitarse cuando una sociedad deja de defenderlos.

Y entonces pienso en todas las mujeres que caminaron antes que nosotras: Olympe de Gouges escribiendo sobre igualdad cuando hacerlo podía costarle la vida. Emmeline Pankhurst entrando y saliendo de prisión por exigir el voto femenino. Rosa Parks negándose a levantarse de un asiento para recordarle al mundo que la dignidad no se negocia. Marie Curie abriendo camino en la ciencia cuando muy pocos creían que una mujer pudiera hacerlo. Rigoberta Menchú convirtiendo el dolor de su pueblo en una voz para el mundo.

Ellas no lucharon para ser recordadas. Lucharon para que algún día otras mujeres pudieran elegir.

Pero hay una libertad aún más profunda que ninguna ley puede conceder ni arrebatar.

La libertad del espíritu.

Porque una persona puede vivir en una democracia y seguir siendo esclava del miedo, de la aprobación, del silencio o de la indiferencia. Y también puede vivir en medio de la incertidumbre conservando intacta la convicción de que su vida tiene un propósito que nadie puede definir por ella.

Creo que ahí comienza la verdadera revolución.

No cuando levantamos la voz únicamente para reclamar derechos, sino cuando cultivamos el carácter, el conocimiento y la conciencia para ejercerlos con sabiduría. Cuando entendemos que la educación no solo nos prepara para trabajar, sino para discernir. Que la lectura no solo informa, sino que despierta. Que la fe, entendida como esa certeza de que cada vida posee un valor intrínseco, nos recuerda que ninguna persona nació para vivir disminuida por el miedo o por la voluntad de otros.

Quizá nuestra tarea no sea solamente proteger los derechos que heredamos.

Quizá también debamos formar mujeres que sepan por qué existen esos derechos y tengan la fortaleza intelectual y espiritual para defenderlos sin odio, sin victimismo y sin olvidar que la verdadera transformación siempre comienza en el interior.

Porque las sociedades cambian cuando cambia la conciencia de las personas.

Y si la próxima batalla por la dignidad humana no se librara primero en los parlamentos, sino en nuestra conciencia…

¿Estaríamos preparados para defender aquello que decimos valorar?

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