El poder no cambia a las personas, las revela
"Si el buen funcionamiento del Estado dependiera del buen caracter de quien lo dirige en un momento dado, no habria instituciones: habria pura suerte."

Wilson Garcia
Redacción Garzón Web

— Opinión - Wilson Garcia (3)
La afirmación “el poder no cambia a las personas, las revela” resume una tradición de pensamiento político con bastantes años de existencia. La psicología contemporánea ha encontrado evidencia de que el poder también transforma la conducta de quien lo ejerce, y no se limita a exponerla. Cuando una persona finalmente alcanza el poder suficiente para hacer aquello que siempre quiso hacer, es en ese momento, no antes, cuando se ve realmente quién era.
El poder revela en algunos casos demostraciones de virtud, ejemplo de ello el caso de George Washington, quien tuvo, en dos momentos distintos, la posibilidad de perpetuarse en el poder y decidió no hacerlo. En 1783 renunció al mando del Ejército Continental pudiendo conservarlo, en 1796, tras dos períodos como primer presidente de los Estados Unidos, rechazó la posibilidad casi segura de un tercer mandato. Ambos gestos revelaron un compromiso genuino con el ideal republicano por encima de la ambición personal.
También el poder revela lo que se ocultaba, como por ejemplo el caso de Maximilien Robespierre, quien llegó a la Revolución francesa como uno de los defensores más consistentes de la virtud republicana y los derechos del hombre. Al concentrar poder como miembro del Comité de Salvación Pública, se convirtió en el arquitecto del Terror, responsable de miles de ejecuciones. El poder no lo transformó en otra persona: expuso una faceta que la falta de poder había mantenido oculta.
Ahora bien, el poder no solo revela. El psicólogo Dacher Keltner, de la Universidad de California en Berkeley, documentó en más de veinte años de investigación lo que llamó la “paradoja del poder”: mientras más tiempo permanece una persona en la cúspide de una jerarquía, peor tiende a ser su evaluación de riesgos y más impulsiva su conducta, en parte por un deterioro medible de la empatía. Es decir, el poder no solo revela una predisposición existente: también parece alterar, con el tiempo, el funcionamiento real de quien lo ejerce. Ambas dinámicas, revelación y transformación, probablemente operan a la vez y se refuerzan mutuamente.
Por ende, la desconfianza estructurada hacia el buen carácter de los gobernantes es la base del constitucionalismo moderno. La separación de poderes, los controles y contrapesos, y la independencia judicial no nacen de un pesimismo abstracto sobre “la gente”, sino de un diseño concreto pensado para el peor gobernante posible. Si el buen funcionamiento del Estado dependiera del buen carácter de quien lo dirige en un momento dado, no habría instituciones: habría suerte.
Colombia no escapa a esas realidades y riesgos derivados de quienes asumen el poder. El carácter de la política colombiana ha venido desarrollándose con base en el clientelismo y el populismo. De hecho, la ciencia política colombiana ha producido, desde los años ochenta, una línea de estudios consolidada sobre el clientelismo, con nombres como Rodrigo Losada Lora, John Sudarsky o Francisco Leal Buitrago, quienes caracterizaron por décadas cómo se tejen las redes clientelares para conseguir y conservar poder político en el país. Trabajos más recientes siguen encontrando el mismo patrón de fondo: el clientelismo permea el sistema político colombiano, particularmente a nivel municipal, convirtiendo el voto en un intercambio por protección, favores o acceso a recursos públicos, en un contexto de debilidad institucional del Estado que permite que estas relaciones operen de manera sostenida en el tiempo. Entre tanto, el populismo terminó siendo un fenómeno de polarización y personalismo creciente que atraviesa a varios actores del espectro político colombiano, no a uno solo.
Entre el ejercicio del poder y la campaña electoral, la cual es el camino que conduce a él, se termina construyendo la brecha entre el discurso político y la gestión pública
Cuando la soberbia y la altanería se sientan en la poltrona del poder, la democracia comienza a deteriorarse. Los recursos públicos dejan de verse como un patrimonio colectivo y pasan a ser un botín, la crítica deja de ser un derecho y se convierte en motivo de persecución. Allí donde gobierna la arrogancia, la transparencia, el diálogo y el respeto suelen ser las primeras víctimas.





















