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Solo el pueblo salva al pueblo: la lección de humanidad tras el terremoto.

"Ni clases sociales ni política: el dolor del Eje Cafetero y el Pacífico nos hizo iguales."

Henry Hernández

Henry Hernández

El Crítico del Tintico

Solo el pueblo salva al pueblo: la lección de humanidad tras el terremoto.

Opinión - Henry Hernandez (2)

La vida nos regala encuentros inesperados y, a veces, nos obliga a compartir espacios con personas cuyas diferencias parecen insalvables. Recuerdo a un apasionado de las armas y la guerra que añora aquellos días en que el paramilitar se pavoneaba por el recinto del Congreso. Su mirada está marcada por la nostalgia de un pasado conflictivo, donde el poder se impone con fuerza y ​​convicción. En otro capítulo de mi existencia, estuve rodeado de jóvenes tatuados que rechazan el servicio militar, detestan el autoritarismo y marchan con fervor por la defensa de sus derechos. Para ellos, la lucha es desde la rebeldía y la resistencia. También conozco a una señorita nacida en cuna de oro, educada en los mejores colegios y universidades, políglota y dueña de un mundo de privilegios aparentemente lejanos de estas realidades. Y, en redes sociales, una joven vendedora de tintos, humilde y guerrera, que, como tantos colombianos, intenta sobrevivir día a día.

¿Qué tienen en común estos seres, tan diversos, tan distintos? La respuesta surgió cuando la Zona Cafetera y el Pacífico colombiano fueron golpeados por un terremoto devastador. El de la guerra, los jóvenes tatuados, la señorita de cuna acomodada y la vendedora de tintos dejaron atrás sus posturas, sus prejuicios y sus diferencias. Armaron sus combos, hicieron sus maletas y, cada uno desde su esquina más humana, salió a recolectar insumos y víveres, ya brindar apoyo a quienes lo necesitaban.

Por unos días, dejaron de ser segmentos de una sociedad fragmentada para convertirse en un solo cuerpo, un solo latido: ayudar a otros humanos, a las víctimas de la tragedia. Esa unidad, efímera pero poderosa, es la prueba tangible de que, más allá de las etiquetas, las clases sociales o las ideas políticas, reside una esencia compartida, un llamado a la solidaridad que puede salvar pueblos enteros.

Mi admiración para Mauricio, Elaine, Luce, Leo, Diego, Sargento y tantos otros anónimos que, sin distinciones, entienden que solo el pueblo salva al pueblo. Porque, al final, somos humanos y esa humanidad es nuestro mayor tesoro.

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