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Se tramita un PBOT y Villanueva se descose

"Se archivo el PBOT en Villanueva, un proyecto que se cayó por su propio peso técnico y cartográfico"

German Valencia

German Valencia

El Planificador del Territorio

Se tramita un PBOT y Villanueva se descose

Opinión - German Valencia (2)

Se tramita un ordenamiento y Villanueva se descose. No de golpe. No de una sola vez. El territorio tiene sus modales. Va revelando las improvisaciones de a poco, como quien corre una cortina vieja y deja entrar la luz sobre un expediente que nadie quería mostrar detenidamente. Primero aparecen los desfases técnicos. Después las coordenadas corridas. Luego el cauce del río que la cartografía borró con la prisa del borrador. Después la vereda que cambió de linderos en el papel. Y finalmente aparece la votación del Concejo Municipal ordenando el archivo del proyecto de acuerdo. Y no de “pupitrazo”.

Porque en la gestión pública local un desastre técnico no está completo hasta que la norma tropieza de frente con la geografía real en el recinto del cabildo. La planificación municipal tiene algo de ritual. Cada cierto tiempo ocurre exactamente lo mismo. Cada periodo las autoridades se declaran listas. Cada consultoría anuncia el nuevo PBOT como si estuviera redactando la refundación del municipio. Cada vocero asegura que existe un diagnóstico participativo, riguroso e impecable. Y cada intento encuentra la forma de demostrar que no existía ninguno. Porque basta que el expediente entre a la comisión del Concejo para descubrir que el futuro del pueblo estaba sostenido con maquillaje jurídico, buena voluntad de oficina y diapositivas de colores.

Los planos no coinciden. Las coordenadas chocan. Las veredas reclaman sus bordes. Los caños y rondas hídricas recuerdan que siguen ahí. Las normas urbanas se contradicen.

Y el proyecto queda colgando del archivo administrativo como un diente flojo.

Entonces llegan las explicaciones. Siempre después. Nunca antes. Porque en este trámite la rigurosidad técnica parece una especie de leyenda urbana. Algo que todos mencionan en los discursos de apertura, pero que nadie ha logrado plasmar en los mapas. Las veedurías y la ciudadanía llaman durante meses advirtiendo sobre las grietas del documento. Informan que la cartografía no cruza con el terreno oficial. Que los levantamientos no respetan los determinantes ambientales. Que la zonificación rural confunde la producción con la protección. Y la respuesta institucional suele ser la misma:

"Vamos a evaluar." "Vamos a revisar." "Vamos a ajustar."

Hasta que el proyecto finalmente se cae. Ahí sí. Ahí aparecen las prisas. Porque primero ocurre el archivo y después comienza la verdadera planificación. Como si la frustración del trámite fuera un requisito administrativo previo para empezar a hacer las cosas bien. Mientras tanto, en las calles y en el campo, la falta de PBOT no tiene nada de romántica. La falta de instrumento cuesta plata. Cuesta licencias frenadas. Cuesta inversiones que se van a otros municipios. Cuesta predios rurales atrapados en el limbo jurídico. Cuesta incertidumbre para la palma, la agricultura y el comercio. Cuesta servicios públicos apretados y crecimiento caótico. Cuesta seguridad jurídica y salud territorial.

La gente no está analizando el ordenamiento territorial desde un foro académico con aire acondicionado en Bogotá. La está viendo entrar por la inundación de la esquina. La está viendo avanzar en la construcción que invade la ronda del caño. La está viendo tocar la puerta del predio familiar que quedó mal clasificado. La está viendo transformarse en un enredo legal que después habrá que pleitear en los tribunales durante diez o doce años.

Pero el discurso publicitario insiste en otra imagen. La del «municipio del futuro». La del mapa pulcro renderizado en la pantalla. La de la maqueta vistosa en las redes sociales, mientras los expedientes en físico no resisten la primera verificación de campo. Una fantasía de consultoría. Una fantasía que tiene su precio. Porque para miles de familias de Villanueva el PBOT no es un ejercicio estético ni un indicador para liquidar un contrato. Es la regla de juego para su tierra y su vida. Y mientras campesinos, comerciantes y vecinos calculan cómo proteger su patrimonio, el instrumento se convierte en archivo. Se reconoce la necesidad imperiosa de contar con el instrumento. Nadie en su sano juicio lo discute. Villanueva necesita su PBOT con la misma urgencia con la que se requiere el agua o la infraestructura. Lo requiere el casco urbano para ordenar su expansión; lo requiere el sector rural para proteger los ríos, la biodiversidad y la producción agroindustrial.

Pero NO CUALQUIER ESTUDIO Y PRESENTACIÓN SON VÁLIDOS.

La urgencia del pueblo no puede utilizarse como patente de corso para validar diagnósticos hechos a la ligera, cartografías desfasadas ni concertaciones ambientales de papel. Entregarle al municipio un plano mal dibujado equivale a entregarle a un ciudadano una escritura con los linderos permutados: el pleito queda servido para el futuro. Aprobar a ciegas por el afán de tener un documento no es avanzar; es condenar al municipio a la nulidad judicial, a la suspensión de licencias y al caos normativo. La estructura técnica, la información veraz y el rigor cartográfico no son caprichos de leguleyo: son la columna vertebral de la seguridad jurídica.

¿Qué escenarios jurídicos quedan abiertos tras la decisión del Concejo? El archivo no es la sepultura de la planificación; es la descalificación de un expediente mal presentado. La ley colombiana (marco de la Ley 388 de 1997) deja una ruta legal clara para reencausar el proceso:

1. Reestructuración técnica y cartográfica completa por el Ejecutivo: La Administración Municipal y su equipo técnico deben subsanar las deficiencias de fondo. Toda la cartografía temática debe ajustarse estrictamente al sistema oficial de coordenadas (Origen Nacional CTM12), garantizando coincidencia milimétrica entre la memoria justificativa, el diagnóstico y el articulado normativo.

2. Revisión de la Concertación Ambiental: Si los ajustes cartográficos alteran la delimitación de suelos de protección, las rondas hídricas o los determinantes ambientales, el proyecto corregido debe revalidarse formalmente ante Corporinoquia para asegurar legalidad ambiental impecable.

3. Consulta veraz ante el CTP y participación ciudadana: El documento subsanado debe someterse nuevamente al Consejo Territorial de Planeación (CTP) y a espacios de socialización donde la ciudadanía no vaya a llenar planillas de asistencia, sino a verificar que la información de sus veredas y barrios es veraz e íntegra.

4. Nueva radicación ante el Concejo Municipal: Una vez el expediente cuente con toda la documentación real, completa y ajustada a la ley, el Alcalde conserva la facultad de radicar nuevamente el Proyecto de Acuerdo para su debate en un nuevo periodo de sesiones ordinarias o extraordinarias.

En qué tiempos y de qué forma? El afán es el peor urbanista. Pretender "maquillar" el estudio en quince días para volverlo a presentar en el mismo estado es garantizar un nuevo fracaso institucional y legal. Ajustar con rigor la base cartográfica, corregir las inconsistencias de predios y estructurar una información veraz requiere un horizonte razonable de entre tres y seis meses de trabajo técnico serio. Hacerlo bien toma unos meses; hacerlo mal le cuesta a Villanueva más de una década de atraso. Y de pronto vimos al municipio entero entrar en estado de espera. Porque esa es quizás la palabra que mejor define el ordenamiento local:

Espera. Siempre espera. Espera del diagnóstico. Espera de la cartografía. Espera de la concertación. Espera del debate. Espera del archivo.

Vivimos permanentemente anunciando el mapa que viene. Porque sabemos que viene. No sabemos cuándo. No sabemos con qué errores. Pero sabemos que viene. Y también sabemos que después de este tropiezo saldrá el sol. La marejada política empezará a retirarse. Los consultores reajustarán los planos. Las autoridades declararán que aprendieron la lección o que otros son los responsables. Y las familias volverán a mirar la tierra esperando el próximo intento. Porque la geografía tiene una virtud que ningún gobierno ha conseguido derrotar: Dice la verdad.

Lewis Carroll aparece en el Capítulo XI de su novela Silvia y Bruno concluyen (Sylvie and Bruno Concluded, publicada en 1893).

«—Descubrimos otra cosa más —continuó Mein Herr—. Descubrimos que el tamaño resultaba un inconveniente, ¿sabe? De modo que hicimos un mapa a escala de seis millas por pulgada. Luego hicimos uno de cien yardas por milla. ¡Y luego intentamos el experimento de hacer un mapa a escala de una milla por milla! —=¿Y lo han usado mucho? —pregunté. —Nunca se ha desplegado todavía —dijo Mein Herr—. ¡Los campesinos se opusieron! Dijeron que cubriría todo el país y taparía la luz del sol. Así que ahora usamos el propio país como su propio mapa, ¡y le aseguro que nos arreglamos casi igual de bien!»

Cada vez que un mapa mal hecho entra al recinto del Concejo, cae desde la mesa para recordarnos dónde están las costuras del municipio. Y entonces las maquetas vuelven a aparecer radiantes en las exposiciones. Vestidas de fiesta. Perfectas. Decorando el paisaje para las fotos oficiales. Mientras abajo, mucho más abajo, en la vereda o en el barrio, alguien sigue poniendo un balde en la gotera de la norma, esperando que algún día un plano hecho con rigor le respete su tierra, su agua y su futuro. Y quizás esa sea la imagen más exacta de la planificación local. La belleza arriba. La improvisación abajo. Y la realidad, como siempre, encargándose de unir ambas cosas. Sin respeto también.

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